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Vasa

Idiosincrasia

El domingo 10 de agosto de 1628 el Vasa partí desde el puerto de Estocolmo en dirección mar abierto. Era la estrella de la corona sueca, la niña de los los ojos del rey Gustavo II Adolfo, el eslabón principal de la cadena de barcos con la que dominaría el báltico. Desplazaba sobre unas 1300 toneladas, con 4,8 metros de calado, 11,7 de manga y 52,5 metros de eslora. Sus 1150 metros cuadrados de superficie bélica se apoyaban en 64 cañones y dos puentes lo convertían en portento bélico, capaz de atemorizar a todos sus contrincantes, excepto a la naturaleza. Según algunos historiadores nada más salir el barco disparó una andanada para conmemorar tan solemne ocasión, el barco se escoró. Otros historiadores comentan que consiguió recuperar el rumbo a pesar de una ráfaga de viento que le golpeó, sin embargo no pudo con una segunda ráfaga que provocó que el agua entrase por las tapas de las baterías hundiendo el barco.

Hoy se debaten en culpar a la arrogancia del rey en solicitar, mejor dicho: exigir, un puente más de lo normal para las medidas «estándar»(si se puede llamar así) con la que partía el diseño, o la  falta de preparación del constructor. Para corregir las desviaciones de un puente más se modificó el calado, desequilibrando la relación con su manga y provocando un centro de gravedad excesivamente alto. Los cálculos de 1200 toneladas de lastre, en el fondo del buque, no parecieron suficientes para un barco con una estructura demasiado pesada. En fin, aún con unas pruebas de estabilidad abortadas el Vasa se aventuró a salir del puerto y naufragó. Cuando le preguntaron al constructor, el holandés Hein Jakobson, por qué había sido tan mal construida, se escudó: «Su Majestad el Rey aprobó las dimensiones del navío»(Ricardo A. R. Hermelo, Boletín del Centro Naval, nº 820).

Podríamos decir que esta historia es el fruto de despropósitos pasados, de los cuales aprendemos con el paso de los años. Lo curioso es que reincidimos constantemente y por eso no dejamos de sorprendernos. No hace mucho leí la noticia de los errores de cálculo en la construcción de los nuevos submarinos para la Armada española. La causa: un decimal mal escrito (elconficencialdigital.com). ¡¿Por qué les insistiré a mis alumnos que los errores en los decimales pueden ser muy importantes?!.

La noticia salta por la web y diferentes medios: «Un submarino con sobrepeso«, «El submarino español más moderno se hunde por exceso de peso, «Spain’s new S-80 class submarines sink but won’t float«,…

No quedaría ahí como un proyecto más fracasado sino fuese por una peculiaridad básica del mismo: el primer proyecto enteramente español de construir un submarino de los pies a la cabeza. La empresa Navantia tomó el empeño de la Armada en la construcción de la nueva clase de submarinos, S-80, los más modernos del mundo (no nucleares), llamados a sustituir los viejos S-70. Esta anterior, y actualmente en funcionamiento, serie estaba fabricada por Bazan, la antigua Navantia, y la francesa DCN. Ahora nos sentíamos con fuerzas para aventurarnos en el empeño nosotros solitos. Tenemos tecnología puntera, constructores de prestigio, investigación cualificada y una ristra de cualificaciones apropiadas para decir: ¡eh!, nos sobramos! Por cierto, también dinero de sobra para afrontar el proyecto: 1800 millones de euros, a los que hubo que aumentar hasta 2200 en 2013(será por la crisis). Resultado:

«Los retrasos son comunes en estos proyectos en todo el mundo y entran dentro de la normalidad. El S-80 es un submarino de la siguiente generación, que enfrenta soluciones tecnológicas inéditas, por lo que no se pueden descartar problemas técnicos durante la construcción y pruebas»(laverdad.es).

¡Suerte que detectamos el sobrepeso!, si no repetiríamos el hundimiento del Vasa cuatro siglos después, para demostrar, otra vez más, que no aprendemos de nuestros errores. No pensemos que se difieren mucho los errores del Vasa a los nuestros. No es el sobrepeso la principal causa, si no la arrogancia. Quizás sea exagerado y me exceda en la crítica a un país, el mio, volcado en querer ser aventajado en los nuevos tiempos y sumido todavía con los viejos vicios. No es el empeño en construir un proyecto avanzado tecnológicamente, debería ser un referente constate, así es como avanzaríamos y quitaríamos el lastre de la piel quemada de tanto Sol y playa y  toros (aunque ahora hemos cambiado los toros por el fútbol: somo un poco más civilizados).  ¡Es la idiosincrasia, estúpido!

Si decimos de tirarnos al ruedo nos da igual que sea un fórmula 1, llámese HRT, que un submarino de alta tecnología. Lo cierto es que nuestra propensión a lanzarnos al ruedo desoye constantemente las voces más cualificadas, hasta los razonamientos más simples.

Recuerdo un día de verano, sentado al borde de la piscina con amigos alrededor. Varios de los niños que acompañaban a sus padres comenzaron a lanzarse al agua. Saltó el primero provocando un chapoteo fresco que incitó a un segundo. El calor llamaba y el tercero se tiró corriendo. Los gritos de los mayores llamaban al agua y el ruido de las manos y pies golpeando la superficie agitaba el deseo en todos. Saltó otro y otro más. En la vorágine de agua y calor un niño se lanzó, y su padre, vestido, detrás. ¿Dónde vas?, gritó.  ¿Qué no sabe nadar?, nos decía cuando salía con su hijo del agua.